“Es un error pensar que el futuro del Madrid o del Barça dependa de la economía española, son clubs globales; sus ingresos proceden de todo el planeta: Medio Oriente, Asia, China… Son un poco como el Banco Santander, que crece a ritmo de vértigo a escala internacional pese a la crisis en España”.
Eso me lo dijo Simon Chadwick especialista en el negocio del fútbol de la escuela de empresariales de la Universidad de Coventry el otro día. Pensé en ello al contemplar las oficinas del Santander y su filial Banesto en Madrid adornadas como una peña deportiva, del rojo de pasión y sangre de la Formula Uno de Fernando Alonso y de la selección de fútbol española.
Cuando el club por el que sientes pasión se compara en las escuelas de negocios internacionales con el Banco Santander, puede ser hora de replantearlo todo. Primero porque los banqueros –como se ha comentado antes en este blog- se creen estrellas de fútbol. “Tenemos que pagar de manera apropiada, como un entrenador de un club global de fútbol”, dijo el consejero delegado de Barclays, John Varley, para justificar los sobresueldos de los brokers de su banco.
Pero también porque, sin los bancos, los clubes de fútbol no podrían crear la espiral autodestructiva de deuda y salarios de jugadores estrella que, como dijo Michel Platini, el presidente de la UEFA al anunciar su nueva normativa Juego Limpio Financiera el jueves pasado, amenaza la supervivencia del fútbol.
El Santander presta al Madrid y al Barca para fichajes como Mourinho y Villa que abultan una deuda que, entre los dos, rebasa los 900 millones de euros, según calcula Jose Maria Gay de Liébana de la Universidad de Barcelona. Mientras, no sé si el Banco Santander le prestaría algo para la nueva pyme que usted quiere crear tras perder su empleo. Por citar otro ejemplo, el Royal Bank of Scotland (RBS) – metido en negocios subprime y nacionalizado por el estado británico en una operación de rescate millonaria en el 2008- prestó dinero a los propietarios estadounidenses del Liverpool, Tom Hicks y George Gillett para facilitar su levergaed buy out (operación de compra apalancado). Ahora, el Liverpool arrastra deudas superiores a 550 millones de euros –unos 100 millones al RBS- y se encuentra al borde de la quiebra.
La pasión por el fútbol, celebrada en tantas campañas del marketing empresarial y bancaria antes del Mundial, se conoce como “fan equity” en círculos financieros y bancarios. “Fan equity” significa algo así como “valor bursátil que proporciona la lealtad de los hinchas”. Es lo que permite que España e Inglaterra sean las estrellas de la liga del dinero –los clubes que más facturan- aun mientras sus gobiernos adoptan draconianos ajustes fiscales dirigidos contra el trabajador medio. Ese mismo, quizás, que apenas puede contener su pasión por el fútbol.
Asistí hace tres semanas a una fiesta de fin de temporada de un nuevo “sindicato” de hinchas del Liverpool que -acostumbrados al éxito y la decepción-, parecían haberse dado cuenta de que si el precio de ganar es vender el alma a los cobradores de fan equity, más vale perder.
Una enorme bandera roja con la silueta de Bill Shankly, colgada del escenario del destartalado teatro Olympia de Liverpool, rezaba: Spirit of Shankly. Al lado de la barra, se vendían camisetas con las citas más famosas del heroico entrenador, hijo de mineros escoceses, que llevó al Liverpool desde la segunda división a primeros de los 60 hasta la cumbre del fútbol a finales de los 70. El entrecomillado más sorprendente en tiempos en los que el fútbol es un negocio multinacional: “Mi forma de ver el fútbol y la vida es el socialismo de todos trabajando, el uno por el otro”.
La fiesta de Spirit of Shankly, creado en el 2008, ya tiene ya 5.000 afiliados y 18.000 simpatizantes en Facebook y ve en la crisis una oportunidad para reivindicar una nueva ética en el fútbol. En el Liverpool ” (…) hay un puñado de multimillonarios que cobran más en una semana de lo que nosotros cobramos en dos o tres años”, dijo James McKenna, del sindicato en referencia a los galácticos del Liverpool. “Yo mataría por ponerme esa camiseta, pero a los jugadores les da lo mismo”. Mientras, Hicks y Gillett han vendido los derechos de anunciarse en la camiseta por más de 20 millones de euros a Standard Chartered, el banco británico con más intereses en Asia.
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